Todos los días nos despertamos esperando milagros fabulosos.  Queremos ver una rosa blanca y perfecta junto a la imagen de nuestra santa favorita.  Deseamos que el mundo sea mejor, que no haya hambre, niños sufriendo, o, simplemente, que nuestra vida sea perfecta. Que desaparezca lo malo de un soplo.  Que el sufrimiento acabe de una vez. Pero, y aquí viene lo real, los milagros fabulosos e inesperados no suceden. Entonces perdemos la fe y la esperanza. Nos deprimimos, y volvemos a dormir esperando que la vida, por arte de magia, mañana sea mejor.

Los milagros no son apariciones misteriosas cargadas de santidad y luminosidad.  Y, tal vez, estamos dejando de lado lo mas importante: estamos vivos, el sol sale después de la tormenta, y de las nubes más negras, siempre, siempre, siempre, cae agua limpia.

Los milagros son tan visibles y palpables, que los dejamos de ver, se convierten en parte del día a día y ya no los percibimos.  El milagro está en lograr ganar pequeñas batallas todos los días. Lograr despertar es ya un milagro.

No nos preparan para afrontar la dura realidad de que el mundo no es perfecto, que el dolor y el sufrimiento también son parte de la vida. Debemos aprender ha afrontar situaciones difíciles, muchas veces sin nadie al lado que nos apoye o nos defienda. Nacemos solos (a menos que seas mellizo o gemelo), aún así lo imperfecto es parte del día a día.

Lo verdaderamente malo es pensar que alguien, de forma mágica llegará y nos resolverá todos los problemas. La figura llena de luz que nos habla con voz sutil y melodiosa no llega. Los ángeles se nos presentan más reales y llenos de defectos. El compañero de trabajo que encuentra la fórmula perfecta para resolver el problema que hace una semana nos atormenta; el amigo que nos llama justo el día en que todo está mal, y nos da un consejo inesperado o, simplemente, nos dice cuanto nos quiere. Esa palmada en el hombro justo en el momento adecuado. Los milagros no son cosa de fantasía ni luminosidad, son detalles diarios que nos rodean y que debemos tener la capacidad de ver, palpar y escuchar en todo momento.

Construyamos una vida real. Pongámonos metas diarias simples y realizables. Inventemos día a día nuestros propios milagros. No esperes que los malos se vuelvan, de repente, buenos. Eso no pasará. Lo que sí puede ocurrir es que tú, y solo tú los afrontes de una forma diferente.  Levántate y anda, eso ya es un milagro. Resuelve un problema a la vez; solo uno.  Poco a poco tu lista de problemas desaparecerá. Posiblemente algunos seguirán allí, y entiende que puede ser que simplemente no tengan solución. Vivir con ello se convierte entonces en una solución en sí.

El mundo no es perfecto, la vida no siempre es bella, pero, mientras estés vivo tendrás en tus manos seguir esperando milagros luminosos y teatrales, o aprender a ver las maravillas que ocurren a tu alrededor todos los días. Ánimo, siempre hay ángeles a tu alrededor, de carne y hueso.  Solo hace falta que aprender a ver no solo a mirar.

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